Siento el barro bajo mis pies. Se filtra por los valles; por las aceras de mi ciudad, aquella que me mece en las noches lentas, mientras mi cuerpo se desvanece en el mundo de los sueños; por las montañas que intentan arañar un cielo tan lejano como infinito.
El mar acompaña con su melodía un momento de paz y armonía. Me siento liviana, transparente. Soy de agua y me elevo hacia ese mismo firmamento que me vio nacer. Siento en mi el acontecer del tiempo: pasado, presente y futuro eclosionan en un efímero momento.
Y yo me rompo, alcanzando un estado de calma, de evasión. Mis manos y mis pies se separan de mi cuerpo; mi cintura se ciñe más y más hasta adquirir una forma imposible; mis pulmones se llenan de aire puro y, con ese nuevo impulso, alcanzo el punto más álgido de mi ser. Me deshago, lentamente, me derramo por las paredes, por el suelo. Pero no siento dolor sino una maravillosa sensación que nunca antes había sentido. Todo se acaba cuando el barro inunda el camino. Y yo siento que vuelvo a casa más limpia que nunca, y más pura, pues llevo en mi ser la tibia caricia del elemento que me da la vida. Vuelvo a tener el control sobre mis pasos. Me dirijo hacia el mar, hacia ese vientre inmenso y me sumerjo sin miedo en él. Siento su abrazo, la fuerza, el coraje de una madre que no ha dejado de luchar jamás; que ha dado y da la vida a los seres que en ella se cobijan.
Madre, he vuelto.
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